Cómo poner límites sanamente a nuestros hijos

Si mira cualquier mapa político, podrá ver que tendrá límites por todos los puntos cardinales.  Los límites le dan forma al país.

Asi mismo ocurre con nuestros hijos.  El límite es definido como “Línea real o imaginaria que separa dos territorios”

¿Por qué poner límites?

  • Porque generan libertad, pues al precisar lo prohibido establecen también todo aquello permitido.
  • Porque organizan y crean una realidad
  • Porque generan valores, transmiten maneras de ver la vida y de vivirla.
  • Porque son paradigmas sanos, anclajes a la realidad que nos proveen cierta estabilidad y, a partir de ello, generan sensación de tranquilidad y bienestar.

¿Cuáles son las características de los límites?

  • Son predecibles,
  • son unánimes,
  • son claros,
  • son firmes,
  • son coherentes,
  • son flexibles y
  • aplicados con paciencia.

¿Cómo establecer los límites?

El establecimiento de límites consta –en la mayoría de los casos– de dos etapas: 

1º etapa: La transmisión del límite

 

El límite debe ser predecible.

Es importantísimo establecer rutinas y un orden familiar para que el niño, niña o adolescente, sepa qué pasará si transgrede el límite, y así se acostumbre a hacer sus tareas y cumplir sus órdenes. Cuando se establecen rutinas el reloj biológico se acostumbra y el niño, niña o adolescente, deja de enojarse a la hora de cumplir con sus deberes. Pero si estamos haciendo desarreglos en su rutina sentirán un “nuevo comienzo” a cada rato, lo que los pondrá de mal humor. El niño, niña o adolescente, debe ser un “relojito suizo”, con horarios bien cuidados y precisos para cada actividad: despertar, desayunar, ir al colegio, almorzar, descansar, tomar onces, hacer la tarea, jugar…

Para poder poner límites con facilidad y sin costo emocional (sin enojos) es necesario un acuerdo entre todos los educadores, logrando un mensaje unánime.

Los adultos (todos los que intervienen en la educación del niño, niña o adolescente: padres, abuelos, niñera, tío, etc.) deben generar acuerdos en cuanto a los límites y penitencias, es decir, deben decir lo mismo y jamás desautorizarse mutuamente frente al niño, niña o adolescente. Los niños, niñas o adolescentes,  suelen ser un espejo de la situación familiar, de modo que la unanimidad entre adultos (pareja y demás tutores) es clave para que estén calmados y respeten límites.

Debe haber claridad en el mensaje:

Los tutores deben ser precisos con lo que piden. El niño, niña o adolescente, no nació sabiendo, de modo que cuando le pedimos que esté tranquilo(a), tendremos que explicarle qué es estar tranquilo(a) y cómo puede lograrlo. Si le pedimos que estudie, tendremos que especificar horarios, lugar, elementos de estudio y demás. Para que el límite pueda ser claro, los padres, tutores y docentes deben tener ellos las cosas en claro a priori.

Por eso es bueno, cada tanto, meditar y sentarse a hablar respecto de creencias, valores, hábitos… En fin, de lo que está bien y lo que está mal, para transmitirlo eficazmente. Cuando existe un acuerdo manifiesto y profunda claridad por parte de los educadores sobre aquello que está permitido y lo que no, esto es transmitido sin problemas al niño, niña o adolescente, quien lo recibe sin mensajes dobles ni confusos.

Pero si en lugar de ello existen dudas, titubeos, desacuerdos constantes o miedo a perder el amor del niño, niña o adolescente, éste prontamente aprenderá a tomar ventaja de ello (pues los chicos son particularmente sensibles a la hora de detectar dudas o falta de seguridades y certezas por parte de los padres), y así el límite difícilmente llegará a establecerse.

El límite debe ponerse de manera firme:

Sin gritos ni enojos pero con vehemencia en el tono de voz y con actitud seria. El 93% del mensaje es corporal, y sólo el 7% es simbólico (verbal). Por lo tanto no basta con decir el límite, hay que transmitirlo. Los padres inseguros les enseñan a sus hijos, sin darse cuenta, que todos los límites son negociables.

A diferencia del límite débil que está a punto de ser volteado y sólo requiere de unos pocos empujones, lloriqueos e insistencias para que el niño, niña o adolescente, gane, la firmeza enseña que el límite no es negociable. Claridad y firmeza se manifiestan en la vehemencia del tono de voz, en una mirada, un gesto… Esto es más que suficiente, y hace innecesarias las interminables explicaciones persuasivas, el grito e incluso el golpe.

Los padres deben tener una conducta coherente con lo que piden:

Se trata de ser ellos mismos lo que quieren ver en el niño, niña o adolescente, pues éste(a) aprende mucho más de lo que ve, que de lo que se le dice. Es necesario enseñar con el ejemplo. Los niños, niñas o adolescente,  son “esponjas conductuales” que absorben todas las conductas: las buenas y las malas.

Además, recuerde que la paciencia da tiempo a que se incorporen y respeten progresivamente los límites. En este proceso, a medida que descubren el mundo y sus reglas, los niños, niñas o adolescentes, necesariamente cometen errores, pues no nacieron sabiendo. La asimilación del límite muy pocas veces se da instantáneamente, por lo cual es muy importante ser pacientes y calmados.

Los niños, niñas o adolescente,  necesitan padres seguros y tranquilos.

Muchos, al poner el límite, lo hacen retando al niño, niña o adolescente, de antemano, a los gritos, enojados, como anticipándose a que no van a ser respetados, impartiendo el castigo antes de que el niño, niña o adolescente, transgreda el límite. ¡No! Sea tranquilo(a) y sereno(a) –tanto como firme y seguro(a) – al hablar sobre el límite. Ya veremos qué hacer cuando el niño, niña o adolescente,  lo transgrede.

Los límites deben ser flexibles según el paso del tiempo:

No es lo mismo un límite para un niño o niña de 3 años, que el que le pondremos a un niño o niña de 10, o aun adolescente de 15 o a un mayor de edad. Los límites deben ser modificados a medida que el niño, niña o adolescente, crece y gana autonomía.

Pero si los límites carecen por completo de firmeza y son modificados a cada rato, le estará enseñando al niño, niña o adolescente, que insistiéndole, todos los límites son negociables y por lo tanto puede hacer lo que le plazca.

Luego de la transmisión del límite, algunos niños, niñas o adolescentes,  necesitan verificar que efectivamente éste existe, y lo harán transgrediéndolo para ver qué sucede. Aunque le parezca raro, para terminar de poner el límite es necesario que el chico(a) lo transgreda y vivencie las consecuencias. Sólo así aprenderá que ahí hay un límite.

 

2° etapa: transgresión-consecuencia

En esta etapa, aunque no siempre lo haga, el niño, niña o adolescente, tiende a trasgredir para verificar que en realidad había un límite, y a los tutores corresponde efectivizar las consecuencias mediante la aplicación de las consecuencias. Ésta debe ser según la gravedad del límite transgredido y a la edad del niño, niña o adolescente, por ejemplo para un límite transgredido leve simplemente una “quita de privilegios”, en general cosas leves, ya que lo que cuenta es su valor simbólico, quedarse sin TV, sin juguetes y cosas así. Además debe guardar relación con la madurez del niño, niña o adolescente y no aplicar penitencias cuando no pueden comprenderlas.

Por otro lado, quiero dejar bien en claro que sólo habrá transgresión si hubo previamente trasmisión del límite.

Si, por ejemplo, nunca le explico que no debe sumergir el teléfono en la bañera o rayar las paredes o demorarse sin avisar previamente y el niño, niña o adolescente, lo hace, no podrá ponerlo en penitencia ni retarlo puesto que él o ella no sabían que no debía hacerlo; no transgredió ningún límite, sólo cometió un error.

Como dije, los niños, niñas o adolescentes,  no nacen sabiendo y necesariamente tienen que equivocarse para aprender. Por ello, como adulto es su responsabilidad anticiparte a posibles accidentes y errores preparando el ambiente, quitando todo lo que pueda ser objeto de una curiosidad voraz. El error es una instancia necesaria en el aprendizaje, y si retamos a los niños, niñas o adolescente, cuando se equivocan, les generamos un vínculo traumático con el error.

De este modo, más tarde en su vida el niño, niña o adolescente, buscará no equivocarse, iniciándose así en el camino de la inacción, puesto que los únicos que no se equivocan son los que no hacen nada. Los que hacemos nos equivocamos. ¡Jamás rete a los chicos(as) por sus errores! Si los reta cuando se equivocan, les estará enseñando a no aceptarse.

Ahora bien, si ya le explico y advirtió las consecuencias de no respetar el límite y él o ella a sabiendas de ello lo transgrede, ha de aplicar la penitencia. Como dije, se trata de entender el nivel de la falta y la edad del niño, niña o adolescente, por ejemplo “Un día sin tv”, “Sin teléfono celular o tablet”, “Sin amigos esta tarde”… La penitencia sana y efectiva también tiene sus características. Veamos:

Ha de ser breve, es decir, que dure poco tiempo: 

En primer lugar, no sirve si desde su enojo le dice, por ejemplo: “¡Le voy a quitar todos los juegos por una semana entera!”. Todos –y principalmente los niños, niñas o adolescentes – sabemos que esto no va a ocurrir. No va a poder aplicar esa penitencia, entonces su palabra pierde credibilidad. Para que tanto el niño, niña o adolescente,  como el adulto puedan tolerar la penitencia sin levantarla, ésta tiene que ser breve ¡y cumplirse a cabalidad!

En general, después de dos días sin que pueda hacer sus actividades de esparcimiento y de estar encima suyo, quizá usted ya quiera levantar su penitencia, y eso no ayuda. Siempre debe hacer cumplir de principio a fin las penitencias que coloca cuando explica los límites. Entonces vera que el niño, niña o adolescente, le creerá y obedecerá, y no necesitará echar mano a perniciosas intervenciones como el grito, o o repetir hasta el infinito lo que espera que haga.

La penitencia tiene que ser clara, es decir con horarios y lugares específicos:

El niño, niña o adolescente, debe saber bien qué ocasionó su penitencia, como así también cuándo comienza y termina y qué implica. La severidad debe guardar relación con la transgresión del chico y no con el estado emocional de quien impone la penitencia.

La penitencia debe ser explicable:

Una penitencia sin explicación de un adulto no tiene sentido, es necesario explicarla, pero hay que evitar que el niño, niña o adolescente, manipule a su favor esta característica. Muchos padres explican las penitencias innumerables veces y quedan enredados en ellas. Cuando el chico pregunta incansablemente “¿Por qué no me deja jugar? ¡¿Por qué?!” o “¿Por qué no me deja ir? ¡¿Por qué?!”, en general no es que no haya entendido; lo que está haciendo es insistir utilizando estrategias racionales.

Es una especie de “pulseada” a medida que va investigando cuál es el argumento que descoloca a sus tutores. Sugiero explicarle unas tres veces; más de eso es darle atención al aspecto negativo del niño, niña o adolescente. Además, es preciso aclarar que no siempre toda información le es pertinente ni asequible a su entendimiento (situación económica detallada, cuestiones de pareja, sociales, etc.). “No se quede regando el cactus” es mi consejo.

La penitencia debe ser firme:

Es decir, no puede ser removida hasta que se haya cumplido. Este ítem será fácil de cumplir si la penitencia es breve. Si es demasiado larga, quizá en algún momento el adulto flaquee y levante la penitencia.

En medio de la penitencia seguramente aparecerán los “¡Ábrete, Sésamo!”. Son frases pensadas y estudiadas por los chicos para desarmar a los padres. Por ejemplo: “Mamita o papito linda o lindo, ya entendí, se lo juro que no lo hago más… Los amo”. Muchas madres o padres se enternecen con estas frases y dicen “Es un divino, cómo lo voy a castigar”, entonces levantan la penitencia. ¡Los chicos son unos genios y algunos aprenden a “manejar” a sus padres muy bien! Otras veces utilizan “¡Ábrete, Sésamo!” negativos: “No la/lo quiero”, “es la peor mamá del mundo”, “Me voy a ir de casa”, “Lo/la voy a denunciar al bienestar familiar por maltrato”… En casos más extremos utilizan el espasmo sollozo, vómitos auto-inducidos, cabezazos contra la pared… y volvemos a lo mismo, muchas madres o padres se enternecen con estas frases y dicen “Que tal que lo cumpla” y nuevamente damos atención al aspecto negativo del niño, niña o adolescente.

Modificado por última vez en Martes, 21 Abril 2015 20:30

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